
Pizarro protegió Atahualpa.
Estaba autorizado a conservar sus esposas e incluso conducir asuntos del impero desde su celda en Cajamarca.
Esta cercanía y amistad entre ambos líderes no era bien vista por los hombres de Pizarro, quienes se tornaron iracibles y frustados porque el oro tan ansiado de los Incas no estaba a la vista, o al menos no en la medida que ellos envisionaban.
Su búsqueda de Eldorado los llevó incluso a la selva Amazónica, aunque continuó eludiéndolos.
Atahualpa por su parte, sabía que su vida dependía del delicado balance entre qué decir y cuánto revelar en ese sentido.
Accediendo a los reclamos de los Españoles se tornaba redundante y por lo tanto innecesario para Pizarro.
Finalmente amenazó con ejecutarlo.
A cambio de su vida, debía llenar con oro una habitación de 50 metros cuadrados.
Con el consentimiento de Atahualpa, por los próximos tres meses el oro comenzó a arribar a Cajamarca, Peru, ante los estupefactos ojos de los Españoles.
El tesoro de los Incas era finalmente algo alcanzable.
Pizarro no mantuvo su promesa y lo ejecutó de todas maneras...